La Verdad está en los Ojos del Electorado. Por Luis F. Brizuela Cruz
La Verdad está en los Ojos del Electorado
Por Luis F. Brizuela Cruz
Ocurrió durante los años del Espejismo llamado Clinton, el Presidente con el quejido sensual en su voz y el virus permanente de la infidelidad en sus entrañas. Retrospectivamente, recuerdo que poco después de su elección fue proclamado y aclamado como el “Primer Presidente Negro”, una etiqueta que en otras eras podría haber sido considerada ofensiva. Sin embargo, el apelativo encajó bien tanto con el protagonista como con las enfatuadas masas, de negros y blancos, en un momento cuando la apertura social y el liberalismo ya estaban de moda. De hecho, puede haber sido la aceptación de su personalidad célebre y su comportamiento libertino la fusión que propició la reelección de este Hijo de Arkansas y un sitio de reverencia ante los ojos adoradores de un nuevo tipo de electorado.
Este nuevo electorado estaría dispuesto a perdonar y –más significativo- a olvidar todo aquello que hubiera resultado vergonzoso y destructivo en previas épocas. En nombre de un desmedido liberalismo, las masas condescendientes otorgarían todo tipo de inmunidad a líderes y políticos de la izquierda, donde había –por la implícita definición de la causa- menos linderos morales que salvaguardar y más derechos y prebendas que exigir. Los Estados Unidos de América estaban atravesando una transformación y solo quedaría una pausa irregular de atropellada civilidad y patriotismo antes de que la vasta mayoría del país se acogiera plenamente a una agenda populista, socialista, desenfadada e inescrupulosa que habría de durar por varias generaciones. Este ligero bache por el camino del Liberalismo Estadounidense realmente tendría mucho más que ver con el peor ataque terrorista contra la nación que con la visión y mentalidad de nuestros ciudadanos. Los horríficos actos contra nuestro país, el efusivo despliegue de patriotismo y unidad, al igual que el presidente conservador que presidiera sobre este periodo de nuestra historia, habrían de ser olvidados con rapidez por una creciente mayoría liberal.
A partir de ese instante solo sería cuestión de elegir al líder que epitomara y representara todas las visiones y deseos de un proliferante electorado liberal. Sus palabras quedarían cifradas en mármol, aunque estas fueran repetitivas y huecas, contradictorias e incoherentes. Lo que parecía importarle a las embobecidas masas indulgentes es que el tono de la oratoria de este nuevo líder contenía un sonido populista y promesas de una vida de menor rigor y mayor dependencia. Cualquier otro líder con un mensaje opuesto sería criticado y ridiculizado, a pesar de que su mensaje fuera universal, tradicional e impregnado con sentido común.
Cuando Barack Hussein Obama dio su quinto populista Estado de la Unión, modificando ligeramente su retórica, pero persistiendo en la misma paternalista e incapacitante agenda liberal, el mortalmente herido lado conservador de los Estados Unidos se aferraba al discurso de esperanza y restauración emitido por Marco Rubio, el Senador de la Florida, quien fuera asignado por su asediado partido para responder a la demagogia del Presidente. Se me ocurrió que en los Estados Unidos de un pasado no tan lejano un político como Rubio, hijo de inmigrantes cubanos, hubiera ejemplificado la versión de nuestra otrora nación conservadora, diversa, autosuficiente y de altas aspiraciones. Sin embargo, su respuesta ética, comprensible y bilingüe resultó el objeto de la burla por parte de los medios liberales de difusión y el desinformado público.
En 1996, cuando el Sabio Mentiroso del Partido Demócrata (no democrático), William Jefferson Clinton, fue reelecto por una mesmerizada mayoría, que se hallaba disfrutando la ficticia bonanza económica creada por la Burbuja del Internet durante la década de los noventa y dispuestos a ignorar –y hasta admirar e identificarse con las travesuras de Bill- otro sabio de mi barrio emitió unas palabras que aún resuenan en mis oídos: “Hijo mío, el curso de la nación no lo dicta el individuo o los individuos que son electos para ocupar puestos públicos. Técnica y constitucionalmente esos líderes pueden ser cambiados de cuando en vez. El problema real radica en los votantes dentro de una democracia como la nuestra. El electorado es mucho, mucho más difícil de cambiar. En una sociedad en decadencia puede ser casi imposible”.
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