El Asaltante. Cuento de Pedro Prendes.
Hace ya muchos años, aunque no tantos como para que no lo recuerde alguien, se produjo un asalto a mano armada en nuestro pueblo que, contrario a las leyes que rigen a la sociedad, colmó de grandeza al asaltante y envió al estercolero humano a los asaltados. Todo fue tan claro y convincente que no hubo nadie que no sintiera alguna simpatía por el asaltante. Tan agradecidas se mostraron las autoridades con el hecho, que llegaron a felicitar al hombre que lo realizó: no era para menos.
Por el callejón del cementerio –que otrora se le llamara Callejón de la Habana, por ser ésta la única vía que existía para viajar a la capital, antes de que construyeran la Carretera Central– operaban un par de rufianes que tenían atemorizados a los vecinos del barrio “La Macagua“. Las personas que tenían necesidad de ir al pueblo por la noche no podían cruzar por ese lugar sin arriesgarse a ser interceptados; y los que viajaban del pueblo a sus casas, pues, les sucedía lo mismo. Una noche los maleantes esperaron pacientemente, como siempre lo hacían, metidos entre los matorrales y protegidos por la oscuridad, a que alguien se atreviera a pasar por el intransitable camino. A no mucho tiempo y a lo lejos, sintieron los cascos de un caballo sobre las piedras del camino, que venía del pueblo. Pronto estuvieron listos los rufianes para recibir a su víctima, como buitres nocturnos.
Era un hombre que en su caballo regresaba a la casa y que, pese a los continuos asaltos realizados en aquel tramo de camino, no había dejado de pasar por él. Conocía las historias de muchas personas que habían sido confrontadas por un par de “Mataperros“, como él los llamaba, que le habían quitado el dinero y hasta golpes le propinaron a los que no llevaban prendas de valor o dinero. Pero él nunca se había encontrado con ellos.
El caballo sacudió la cabeza como si quisiera despojarse del freno y resopló percibiendo la presencia de alguien a no mucha distancia. El hombre también lo supo porque él era veterano de la guerra de independencia y su experiencia se lo dijo, y su corazón empezó a latir más fuerte, sintiendo entonces el mismo escalofrío que le daba cuando iba a entrar en combate. A pocos pasos y por ambos lados le salieron los dos hombres con los rostros cubiertos. Uno le tomó las riendas del caballo y el otro le pegó un afilado cuchillo en el costado de la barriga, a la altura del cinto. Todo sucedió en pocos segundos: el frecuente trabajo hace diestro hasta el más torpe y aquellos hombres ya llevaban en ese oficio un buen tiempo.
–Danos todo lo que tienes o te matamos –le dijo el que lo hincaba con el cuchillo.
Sin inmutarse ni pronunciar palabra alguna, sacó del bolsillo de su camisa unos cuantos billetes mal envueltos y se los entregó. Pareciéndole al hombre del cuchillo una buena mascada.
El maleante despegó el cuchillo del cuerpo del hombre, tomó el dinero y cuando se disponía a guardarlo, el asaltado ya le apuntaba a la cabeza con su viejo y aguerrido revolver, que le obsequiara su general, Serafín Sánchez, al terminar un combate en el cual se destacara por su valentía y donde le fue conferido los grados de sargento.
Temblando de pies a cabeza el ratero dejó caer el cuchillo al suelo y devolvió el dinero; no solo por haber visto el revolver brillar en medio de la oscuridad, sino porque el nombre que lo empuñaba era nada menos que Adolfo Rivero. Él lo conocía perfectamente y sabía que ese viejo era de los que no tiemblan ni titubean a la hora de empuñar un arma.
El viejo veterano sin deja de apuntarle a la cabeza tomo el dinero y se lo guardó en el mismo bolsillo de donde lo había sacado; tranquilamente, como si no resultara embarazosa esa situación.
–Ahora denme el de ustedes si es que no quieren que les llene de huecos el pellejo –les indicó el viejo mambí.
Los dos aterrados rufianes sacaron lo que llevaban en sus bolsillos y se lo entregaron. De un salto se bajó del caballo. Esta vez sí titubeó por que tuvo la intención de darle un par de patadas por el trasero a cada uno, pero cambió de idea en el último momento, limitándose a quitarle los pañuelos que le tapaban los rostros. Los miró con ojos de látigo y les advirtió bien claro que no quería volver a saber que por allí sucedieran más atracos porque no iban a vivir mucho tiempo. Las palabras del viejo mambí no dejaron dudas: dicen que ni las luces que antes muchos aseguraban ver en el cementerio, volvieron a verse.
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