Crónicas de una Generación Perdida. XI. Impotencia Médica e Hijos al Rescate. Por Luis F. Brizuela Cruz
“El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido,
porque estará obligado a inventar veinte más para sostener
la certeza de esta primera” -Alexander Pope-
Tal como le habían dicho, desde la ventanilla del avión Cuba ahora le parecía pequeña y sucia. Regresaba después de cinco años dando tumbos por una Europa en camino de desfalco. En el 2001, cuando tenía dieciocho años, en solo una semana había decidido marcharse con el francés que conoció durante unas renovaciones del casco histórico espirituano. Como para justificar su apresurada decisión de entonces, seguía tratando de convencerse a sí misma que lo había hecho por amor. Y de cierta manera, después de todo lo vivido desde aquel momento, su encuentro con el historiador galo parecía un sueño de hadas. Pero su historia era la de tantas otras jóvenes cubanas de su generación. Yliahana se había criado en un país desprovisto de sueños y saturado de carencias, donde el extranjero ostentaba privilegios vedados para la ciudadanía e imponía sobre ella sus más grotescos caprichos y lujuriosos fetichismos. Su vida no había sido sino una estadística común en uno de los procesos de mayor involución social –y a la vez de mínima exposición- en la historia de los odios y virtudes de los hombres.
Regresaba ahora a la escena de la mentira y ultraje social en medio del cual se habían desarrollado sus primeros dieciocho años de vida, hasta que fuera rescatada por el francés. Retornaba, después de haber visto, vivido y aprendido tanto en solo cinco años por otros parajes. Volvía ante el llamado de la sangre y con quinientos euros que había pedido prestados a una amiga en Italia. Su madre languidecía en el dilapidado hospital de Sancti Spíritus en espera de la cirugía de cerebro que era la opción final para evitar que quedara convertida en vegetal. El tumor había crecido desmesuradamente en los últimos meses y solo el empeño personal de un viejo y venerado médico espirituano había propiciado las condiciones necesarias para la operación. Su contacto para los trámites del regreso había sido Luis, pariente del médico que hiciera la gestión y gran amigo de la familia, ahora reducida a solo ella y su madre. Yliahana había aceptado la sugerencia de Luis de ser recogida en la Habana por él y Juan Pedro, un viejo que se buscaba la vida dando viajes en su bien conservado Chevrolet de 1955. Mediante varios correos electrónicos y dos llamadas telefónicas, Luis e Yliahana habían venido coordinando el asunto de la operación por meses, hasta que el cirujano de la región central de la isla quedó disponible para viajar a Sancti Spíritus ante la insistencia del primo de Luis.
El cirujano debía llegar al día siguiente y Luis quería aprovechar el viaje de cinco horas, desde la Habana a Sancti Spíritus, para poner al corriente a Yliahana sobre los intrincados detalles del proceso que habría de culminar con la cirugía y subsecuente recuperación de su madre. Era una forma también de actualizar a la joven acerca de los cambios ocurridos durante su ausencia, en un complejo escenario social que seguramente habría de contrastar con las experiencias vividas por ella en el mundo que acababa de dejar atrás.
El avión procedente de Madrid había llegado a tiempo y Luis y el viejo aguardaban desde una hora antes en el aeropuerto José Martí. Como todos sabían que era preciso emprender el regreso hacia Sancti Spíritus con la mayor brevedad posible, la bienvenida pareció escueta y sin pompa. La conversación quedaría para el camino que por décadas venía resultando azaroso por la desatendida infraestructura de las “ocho vías” que nunca habían pasado de cuatro y la antigüedad de los vehículos, en aquella tierra donde para muchos el tiempo se había detenido al finalizar los años cincuenta.
Una vez en el carro, fue Yliahana quien inició la conversación:
-Dime la verdad Luis, ¿Cómo ves a mami?-
-En realidad no está tan mal. Al menos no sufre aun de dolores constantes, pero todo parece indicar que de no haber operación los dolores vendrán. De momento lo más afectado es su equilibrio y a veces luce desacertada- aclaró Luis.
-O sea, que sin duda alguna la operación es clave. ¿No?-
-Definitivo- prosiguió Luis. –Es la única forma de librarla de lo que podría ser una horrible etapa de la enfermedad que dicen los médicos está al doblar de la esquina. Cuestión de meses, dicen, si no se opera, porque el crecimiento del tumor se ha tornado agresivo-
-Y el riesgo de que… la operación no salga bien, de que pueda morir o quedar peor… ¿qué dicen?
-Según los doctores es mínimo, pero aunque fuera mayor, la operación es la única alternativa. Sé que estas dudosa y apesadumbrada, pero créeme que no es solo la mejor opción, sino la única si quieres verla nuevamente como la dejaste cuando te fuiste- señaló Luis.
-Mami es todo lo que tengo, Luis- replicó la joven con un compasivo brillo de humedad en sus ojos. –Tal vez nunca debí haberme ido. La veía tan joven y fuerte que no pensé que podría necesitarme tan pronto. Y en fin, aquí estoy para tratar de ayudarla, pero ni el dinero que traigo para los trámites es mío. No tienes la menor idea como han sido estos cinco años y lo único que he logrado es experiencia a cambio de humillaciones y sinsabores para al final de cuentas no tener nada-
-Pero al menos has ganado experiencia y eres muy joven aun. A diferencia de los de la generación mía y de tu mami, a ti te queda mucho tiempo para alcanzar un mejoramiento, para realizar algunos sueños. Es un mundo de cambios constantes y nuestra responsabilidad sigue siendo la de no rendirnos, especialmente cuando queda juventud, como en tu caso-
-Escucha los sabios consejos de este hombre, muchacha- interrumpió el chofer. -Lo conozco desde niño y lo he visto crecer y convertirse en uno de nuestros filósofos callejeros. Para una opinión sabia o levantamiento del ánimo ahí lo tienes. Nunca se me olvida su elocuencia de niño y su conocimiento de beisbol. Luis, ¿te recuerdas cuando los llevé a Pojabo, a fines de los sesenta, al juego donde lanzaron Huelga y Alarcón? Por cierto, ahora después que pasemos estos campos de marabú, voy a tener que parar para echarle agua al radiador. En un rato se va a poner más caliente. Aprovechen si quieren ir al baño-
-Puedes parar cuando quieras Juan Pedro- contestó Luis, sonriente. -¿Qué si me acuerdo de aquel juego? El viejo, que en paz descanse, te pidió que nos llevaras en este mismo carro, que estaba entonces más nuevo, como tú, y no necesitaba tanta agua de vez en cuando. Como ha llovido, mi socio-
-Así es- comentó el viejo. -Como ha llovido… sin escampar-
Cual pieza móvil de museo, el legendario vehículo prosiguió por la desolada carretera y el implacable sol del mediodía levantó erráticos destellos de paralaje en la distancia. A los lados de la vía, los campos rebozados de hierba silvestre denunciaban la desidia del otrora prolífero agricultor cubano, engañado y desmoralizado por los incoherentes caprichos de un maquiavélico régimen totalitario.
-¿Por qué no me cuentas de tus experiencias por el otro lado del mundo?- le dijo Luis a la joven, mirándola con ojos de piedad paternal.
-¿Por dónde empezar?- contestó Yliahana. -Tal vez el mejor momento, el único buen momento, puede haber sido el de la salida de aquí y los primeros meses en Francia. Quizás estaba ilusionada ante la oportunidad de salvarme de este callejón sin salida y disfruté ese periodo emancipador y romántico que me proponía aquel hombre mayor, de tanto aplomo y portador de la magia que solo podemos ver desde aquí a través del extranjero. Viví un idilio, esos primeros meses en Paris. Creo que hasta me sentí enamorada-
-Pero, ¿Qué pasó después?- indagó Luis.
-Choqué con la realidad y desperté de mi sueño- señaló Yliahana. –Recuerdo como solías hablar, cuando visitabas la casa, sobre la relatividad de las cosas. Te confieso que nunca me interesé en analizar ese detalle acerca de la vida, pero no sabes cómo y cuánto recordé tus comentarios a medida que las cosas iban cambiando y tuve que enfrentar nuevos rigores en un mundo a una velocidad tan distinta a la nuestra. Pierre era, es un buen hombre, pero una vez que entramos en el ritmo cotidiano de la vida allá, me di cuenta que su vida giraba totalmente alrededor de su trabajo, de sus obligaciones. Además, no era rico, como muchos pensamos que todo el extranjero que viene a Cuba lo es. Ahora comprendo que nos pasa hasta con los mismos cubanos que nos visitan desde la Yuma, que creemos que son ricos porque vienen a veces “empeñados” desde allá y proyectan aquí una imagen de amplitud económica y capacidad para rescatar a media Cuba de nuestra miseria-
-¡Pobre Yliahanita, que tremenda escuela has adquirido! Y en solo cinco años- interrumpió Luis.
-Eso no es nada, Luis. Solo el comienzo- aclaró la joven. –Pienso que podría haberme resignado, acoplado a mi nueva vida, pero cualquier alegría o aliciente que pudiera motivarme a hacer el esfuerzo se esfumó cuando a Pierre le anunciaron en el trabajo que tenía que viajar y pasarse un tiempo en África. Lo seguí, provista de todo el sentido de sacrificio y lealtad inculcado por mi madre a través de los años, pero te imaginas que vuelta de la vida, ahora iba yo para el preciso lugar donde murió mi padre; el mismo extraño país de donde nunca regresó; el lugar que aprendí a odiar en mis pesadillas desde los tres años-
Una lágrima rodó por la mejilla de la joven, perturbando el leve maquillaje. Luis colocó su mano izquierda sobre la mano derecha de Yliahana, descansando ambas sobre el espacio vacío en el centro del asiento trasero del carro cuya marcha aminoró repentinamente.
-Creo que es un buen momento para hacer la pausa del agua- indicó el viejo chofer. –Creo que todos debemos despejarnos un poco-
Diez minutos después, entre tenues sonrisas y comentarios jocosos los tres viajeros se devolvieron al carro. Unos nubarrones asomaban por detrás de las colinas lejanas y el sol parecía haberse empezado a recoger para una siesta de temprana tarde.
-Luce como que viene agua. Vamos a movernos antes de que llegue- exhortó el viejo Juan Pedro.
Luis le sugirió a Yliahana cambiar de lados en el asiento del vehículo para continuar el tramo final del recorrido y balancear sus respectivas posturas, favoreciendo así sus cuerpos durante la continuación de la plática. Una vez acomodados todos y con la máquina de nuevo en movimiento, Luis decidió abordar otros temas que consideró apremiantes.
-Debo ponerte al corriente de como están y funcionan las cosas por aquí en estos momentos. Lamento ser indiscreto, pero ¿Cuánto dinero traes?-
-Elys, mi amiga de Italia, me envió quinientos euros para funcionar aquí durante mi estancia. Yo venía reuniendo desde que supe lo de mami todo lo que iba ganando para el pasaje de ida y vuelta. ¿Tú crees que quinientos alcanzan?- preguntó Yliahana.
-Sin duda- ripostó Luis. –No olvides que aquí seguimos siendo no el Tercer Mundo, sino el “Cuarto Mundo”. Estoy al tanto que las cosas van cuesta abajo por la Europa socialista y paternalista, pero el dólar y sobre todo el euro sigue siendo “rey”. De hecho, los portadores de euros salen mejor porque no solo valen más, sino que no hay la penalidad que hay contra el dólar de los yumas opresores. Te preguntaba para que así formuláramos un plan, pero estás bien. Te alcanza y sobra para lo que estimo sean dos semanas por aquí tu estadía-
-Tengo entendido, Luis, que hay que comprar básicamente todo para el hospital, que no hay ni sábanas, ni toallas, ni implementos de aseo, ni ventiladores, ni…-
-¡Ni doctores!- interceptó Luis. -Casi todos están en misiones internacionalistas. Muchos en Venezuela, intercambiados por los petrodólares de Chávez. Esto que hemos logrado tal vez te parezca fácil, pero conseguir un cirujano de cerebro para que atienda un cubano hoy en día es una proeza. Ya verás cómo son las cosas, como se han deteriorado en tu ausencia-
-Casi no lo puedo creer- comentó Yliahana. –Cuando me fui todavía se hablaba de la virtuosa medicina cubana en todas partes. En Francia, África y España la propaganda nos eleva como un ejemplo de salud pública, de potencia médica-
-¡Impotencia médica!- aclaró Luis. -Recuerda que siempre les hablaba de estas cosas. Estos gobiernos proyectan esa imagen hacia el mundo, pero aquí somos mendigos de todo en nuestra propia patria-
-¿Crees que lleguemos a tiempo para comprar lo que mami va a necesitar mañana?-
-Sí, los Chopin abren hasta tarde y los de afuera no tienen que esperar. Tienen total preferencia. Tenemos tiempo de todo y estar para la hora de la comida en el hospital. Tal vez tu mami pueda hoy deleitarse con algún manjar que solo tus euros podrían comprarle-
-¡Que tristeza, Luis! Yo, que he venido de pasar tanto trabajo, de mis odiseas europeas y aun poder atender a mi madre con tanto privilegio. Me entristece y me regocija a la vez-
-Así es, Yliahanita. Esto no guarda comparación con ninguna otra situación en ninguna otra parte del mundo. Pero la percepción mundial es otra. Vivimos en la eterna mentira y cada día nos mienten y tenemos que mentir más y más. Algo que no puedo olvidar decirte es que se premia a estos pobres doctores y sus asistentes con un almuerzo o comida. No sabes lo que esto significa para ellos. Quizás, después puedes discretamente acercarte al cirujano y obsequiarle veinte o treinta euros. Sería el equivalente a su salario de un mes-
La joven sintió que su corazón se aceleraba cuando divisó los familiares parajes espirituanos. Desde la carretera alcanzó a ver el campanario de la Iglesia Mayor, pintada de un azul celeste que atenuaba el luto del cielo gris. Inhaló el aire de su ciudad colonial como si fuera diferente al del camino desde la capital. Allí estaba su mundo, desesperanzado e íntimo como todas sus experiencias vividas durante cinco años de peregrinaje al estilo cubano, sin rumbo, sin brújula, sin patria. Luis y Juan Pedro guardaron silencio, como para permitir a la joven recapturar su pasado y deleitarse en su perdido y recobrado universo.
-Esta debe ser tu primera parada para las compras- señaló Juan Pedro. -Yo voy a aprovechar y pasaré un momento por la casa. Regreso en media hora para recogerlos y de ahí los llevo al hospital-
Luis y Juan Pedro permanecieron afuera en el pasillo, desde donde escucharon los sollozos de alegría de las dos mujeres dentro del lúgubre cuarto del hospital. Momentos después se añadían a la emoción del encuentro entre madre e hija; reveladora imagen de dos generaciones pérdidas de cubanos, donde la más joven reciprocaba el sacrificio de la mayor con su regreso al rescate de esta de un cruento universo paralelo a una realidad simulada y revestida con la infamia de casi medio siglo de mentiras.
Yliahana pasó la noche en el cuarto del hospital, en una silla de espaldar desforrado que amortiguó con una de las tres almohadas que había comprado en el Chopin la tarde antes. Su madre durmió gran parte de la noche, despertándose a ratos para sonreír, plena de satisfacción ante la presencia de su adorada hija que había regresado. Yliahana se deleitó en el transcurso de la noche contemplando a su amada madre, ignorando por completo el cansancio de su viaje y de su vida.
Eran casi las diez y la operación estaba señalada para las nueve de la mañana. Yliahana se sentía invadida por una preocupante impaciencia que trataba de disimular frente a su madre. La consolaba que el cirujano había pasado poco antes de las siete, se habían conocido y este le había dado el visto bueno. Luis había quedado en venir después de la operación porque debía reportarse al trabajo en la emisora. En dos ocasiones Yliahana le preguntó a una enfermera y a un asistente y ambos le dijeron que sería cuestión de unos veinte minutos más y que vendrían a buscar a su madre para transferirla al salón de cirugía. Angustiada, interceptó a una mujer que pasaba con una bata manchada de sangre, doblada sobre su brazo derecho.
-Disculpe señora. Necesito que alguien me informe cuando es que van a venir por mi madre para la operación que se suponía comenzara a las nueve. Son ya las diez. ¿Sabe usted que ocurre?-
-Mire joven. Usted me parece que viene de afuera. Yo creo que no sabe cómo son las cosas aquí. ¿Ve esta bata? Solamente tenemos cuatro en este hospital. Estaba esperando que terminaran una operación para llevarla a lavar. Si ya hay alguna disponible, se la traigo a su madre para que pase al cuarto de operación-
New Jersey, 01/24/13
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